El 6 de Marzo acudí a trabajar a las 8.00 a.m. Mis compañeros y compañeras estaban tomando el café, estaban medio dormidos pero ya tenían fuerzas para reírse, yo en cambio era como un vagabundo que merodeaba de un sitio a otro sin encontrar nada.
Mi primer paciente se llamaba José Luís Cebrán Espinar, de 52 años de edad, y que padecía esquizofrenia. Llevaba atendiéndole hacia unos meses y daba la sensación que estaba mejorando paulatinamente gracias al medicamento. Lo llamé a la consulta y mientras formulaba su nombre me percate de que sus siglas coincidían en parte con las malditas LCE, pudiera ser que la carta la pudiera haber enviado algunos de mis pacientes enojados por alguna de mis intervenciones. Quizás José Luís pudiera haberme enviado esa carta misteriosa, así que me invadió un gran sentimiento de incertidumbre. Comencé la sesión como lo hacia siempre, preguntándole por cómo le había ido la semana. El me contestó, que como siempre sin muchos cambios. ¿Cómo que sin muchos cambios?, ¿qué quería decir eso? Así que empecé a hacer un interrogatorio como si fuera un policía. ¿Dónde has estado estos días?, ¿Con quién te has juntado?, ¿Te preocupa algo?, ¿Te gustan los tatuajes?, ¿sabes algo de las siglas LCE?… José Luís empezó a ponerse nervioso. ¿Qué me estas preguntado?, ¿Por qué me haces esto?, no se de que estas hablando, mientras decía todas estas palabras comencé a percibir que su comportamiento se estaba alterando, tenía sudores por la frente, las manos le temblaban, no dejaba de agitar las piernas, su voz se escuchaba como entre cortada y de repente se levantó y me cogió de la camisa fuertemente. Su mirada estaba fija, era como si no vería nada más, comenzó a golpearme intensamente, me empujó y me tiro al suelo, ya en el suelo me daba patadas y más patadas, pensé que si alguien no remediaba esa situación sería mi fin. Yo no podía gritar, era como si me habría quedado mudo, no era capaz de articular ni una sola palabra.
En ese preciso instante en que mi vida pendía de un hilo, entro en la consulta Mario mi compañero de trabajo. Mario cogió a José Luís y lo aplacó en el suelo mientras llamaba en voz alta a algún compañero para que le ayudará. Perdí el conocimiento y después de unas horas de reanimación volví en sí. Estaba aturdido, desconcertado, no sabía que había ocurrido. Los médicos me dieron una baja de 15 días, para que me pudiera recuperar. Desde ese día estoy en casa, mis familiares y amigos no me dejan ni un minuto solo, pero yo estoy deseando cada día que se vayan para poder seguir indagando en el misterio de Isaac, aunque considero que ya es problema mío también.
Cogí mi bloc de notas y comencé a analizarlo, ya me lo sabía de memoria, pero de poco me valía, mientras releía mis notas sonó el teléfono, me dispuse a cogerlo pero la llamada duro muy poco. Comprobé el número de teléfono pero no era conocido, pensé que se habían equivocado, seguí con mis asuntos pero el cansancio hacia mella en mi por lo que me fui a dormir. De madrugada, mientras dormía, sonó el teléfono y en esta ocasión tampoco me dió tiempo a cogerlo. Era el mismo número que me había llamado a la tarde, pensé que el hecho de que me llamarán en dos ocasiones ya no era ninguna coincidencia, así que llamé yo. Después de muchos tonos me cogió el teléfono un hombre de voz portentosa y sin que yo diría nada me dijo: “ Eduardo no puedo hablar demasiado, pero mañana a las 20.00 horas te veo en el parque de la esquina, necesito que me ayudes”
Colgué el teléfono lentamente y me quedé un buen rato mirando la pared blanca de mi habitación. ¿Quién era ese hombre?, ¿Por qué sabía mi nombre?, ¿por qué tenía mi número de teléfono?
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